miércoles, 10 de diciembre de 2008

Morir de amor

La brisa era cálida, suave, como una caricia al alma en plena tempestad. Soledad caminaba descontrolada, sin conexión alguna entre su cuerpo y su alma, lágrimas caían por su rostro nublando la vista, imposibilitando cada uno de sus sentidos. Algo en ella ya no sentía, algo en ella se abandonaba en cada calle, en cada metro que la alejaba de quien había sido su pareja hasta hace apenas segundos. El cielo resplandecía, produciendo una sensación desesperante, porque su cielo no era claro, su cielo era gris, lejano, sin vida.
Miles de personas continuaban sus actividades mientras ella enfurecida con el mundo no podía creer como esto era posible, se sentía inexorablemente desconocida. Hasta ese momento ella conocía a una sola mujer, la misma mujer que era al lado de Gonzalo, la misma mujer que amanecía a su lado.
Su celular sonaba como una alarma tediosa, que buscaba ser atendida. En la pantalla el nombre amor alimento su llanto, sus gritos, su dolor, porque ya no era amor, porque ese nombre ya no era real.
Los recuerdos una y otra vez en su cabeza retumbaban limitando su respiración, comprimiendo su pecho, acortando su alma.
Ahí estaban en sus sabanas, con su ropa, con el su mismo perfume otra mujer, sintiendo lo que ella debía sentir, las mismas caricias, los besos apasionados del mismo hombre que estremecía sus sentidos, el sudor de dos cuerpos frente a sus ojos en su departamento, en la misma cama que fue testigo de jurar amor eterno. Lamento haber llegado de sorpresa de ese viaje, lamento haber vuelto al país, lamento tomar el ascensor, lamento el silencio secreto de la llave abriendo la puerta para que el se alegraba de verla después de un mes separados. Recordó los mensajes, los llamados, los e-mail en donde el le decía cuanto la extrañaba.
Era tarde, y eso era lo que mas dolía. No había un perdón que los llevara a las reconciliaciones salvajes que tenían, no había sonrisas que olvidaran enojos, no había desayunos que entibiaran al corazón.
¿Qué había llevado a Gonzalo a los brazos de otra mujer?
Soledad buscaba razones, motivos que dieran sentido a lo que sus ojos acababan de presenciar, a lo que su alma acababa de sufrir, a lo que su cuerpo acababa de sentir.
Todo era perfecto, tres años de relación, un departamento hermoso, cenas a la luz de las velas, grandes viajes, esplendidas vacaciones, discusiones con grandes reconciliaciones, besos repletos de pasión, sexo exagerado, caprichos complacidos.
No había nada que explicara, que conformara, que justificara esta infidelidad.
Lo amaba con cada célula de su cuerpo, con cada rincón de su alma. No imaginaba su vida sin el, pero tampoco a su lado después de esto. Sencillamente no imaginaba su vida. Corrió mientras temblaba esclava de recuerdos, de frió, de engaño, de soledad. Moría mientras el cielo parecía compadecer su sufrir, y se volvía oscuro, partiéndose en mil pedazos.
Había llegado. Se detuvo, observo su reloj y sonrió frívolamente.
-Dos minutos- susurro, se descalzo, soltó el celular que aprisionaba su mano derecha, limpio su rostro, respiro profundo, y se perdió en el paisaje que la acompañaba.
El mar más pacifico del mundo, fundiéndose con el cielo. Comenzó a caminar, el agua mojaba su cuerpo, pero ella no lo notaba. Contemplo su belleza, su calma, su misterioso y se entrego a el.
El teléfono abandonado en la arena sonó. Gonzalo esperaba que esta vez si atendiera, pero tuvo que conformarse con el contestador automático:

-Perdón Sole, se que todo era perfecto, incluso fue todo lo que yo soñaba, eras la mujer que toda mi vida había esperado, y cada situación, cada momento fue ideal. Pero este mes separados me hizo ver que era ideal, era perfecto, era soñado, pero no era real y yo no era feliz. Quería decírtelo, pero tu llegada me sorprendió. Hablemos. Te amo.

Palabras sueltas, efímeras que se perdieron entre el ruido de la olas golpeando contra las rocas, palabras que no existían, palabras que quizás hubieran tenido destino si Soledad no hubiera partido.